Es fascinante cómo hemos llegado a dominar el lenguaje: en los libros, en la prensa, en nuestras conversaciones…, la literalidad se evapora y se condensa lo figurado. Esta es una habilidad tremendamente compleja y, sin duda, exclusivamente humana, pero la llevamos a cabo con total soltura y sin ni siquiera darnos cuenta. Nuestra sociedad, esencialmente verbal, ha hecho de la comunicación un juego, en el que las palabras se pasan los significados de unas a otras y donde marcar significa hacerse entender. Pero como en todo juego, siempre hay alguien que sale perdiendo…
Expresarnos retóricamente tiene grandes ventajas, como poder transmitir ideas, sentimientos y sensaciones complejas o nuevas utilizando otros términos que resultan más simples o ya son conocidos. De esta manera, por ejemplo, hablamos de “mariposas en el estómago” para hacer referencia a la parte fisiológica de una emoción elicitada o de “perder un tornillo” para dar cuenta de un comportamiento anómalo. No obstante, la forma en la que manejamos el lenguaje no sólo facilita la expresión de nuestro “mundo interior” (nótense las comillas de cara a la segunda parte del artículo) y ayuda a la comprensión del de los otros, sino que influye en la manera en que estructuramos el conocimiento y la experiencia diaria. Y esto, si eres bailarín o empresaria, es indudablemente útil e incluso necesario, pero puede llegar a suponer un gran problema en el ámbito científico y, en especial, para aquellos que nos dedicamos a la psicología.
Es sabido que la ciencia debe emplear un vocabulario técnico y preciso que permita describir y comunicar con claridad lo que estudia, liberándose así de toda connotación o grillete de subjetividad. Esta es apasionante y bella, pero no por las formas en las que se expresa, sino por el contenido que transmite y lo que se consigue con éste. En cambio, la psicología, quizás por ser la hermana pequeña (por edad, no por tamaño) de todas las disciplinas, sigue jugando a este juego que a algunos no nos resulta del todo divertido. A pesar de todo esto, ni un resquicio de duda cabe que a los psicólogos nos encantan las palabras: son nuestra herramienta de trabajo; pero no podemos olvidar que la ciencia no es ni debe ser arte, y que de la misma manera que una arquitecta y una pintora utilizan el lápiz de manera diferente, el psicólogo y el escritor deben dar un uso distinto al lenguaje.
Quienes trabajamos en el ámbito clínico, de hecho, necesitamos a menudo hablar de forma figurada, pues en ocasiones esto es lo más terapéutico (aún recuerdo cuando una compañera explicó a un cliente que los pensamientos irracionales hay que “peinarlos” con frecuencia para impedir que se “enreden”). Sin embargo, en otras muchas dificulta la terapia. Cuando los clientes emplean términos como “represión”, “bloqueo”, “herida abierta” u otros tantos términos del lexicón popular, los psicólogos hemos de moldear esa expresión hacia otra más adecuada para favorecer el cambio que se pretende conseguir. Pero, como comentábamos, aunque en nuestro día a día e incluso en sesión la retórica puede tendernos la mano, en el campo académico nos come el brazo. Y es que las formas de hablar en psicología han ido demasiado lejos, han traspasado el horizonte y gozan de un puesto fijo en su acervo de conocimientos, son empleadas formalmente para describir el comportamiento y… ¡explicarlo! Son formas de errar.
Para ejemplificar esta tesis pongamos el caso de Julia, una taxista de 56 años cuya pareja falleció hace más de un año. Todo su entorno la califica como una persona culta y amable, pero sobre todo la consideran una mujer fuerte. Aunque las primeras semanas desde el fatídico accidente en el que se quedó viuda su ánimo estaba por los suelos, poco a poco empezó a trabajar, salir con sus amigos y retomar las clases de piano que tanto le gustaban. Sumado a esto, y a pesar de que cada vez que lo hacía lo pasaba francamente mal, comenzó a hablar del tema abiertamente con su familia, algo que también le permitió darse cuenta de que pensar continuamente que la vida no tiene sentido no le iba a ayudar en nada. El hermano de Julia también pasó por algo parecido, pero él sigue encerrado en casa, anticipando constantemente desgracias y muy triste; es escuchar alguna palabra relacionada con la muerte y se viene abajo. Aunque de pequeños él solía defenderla en el colegio, reconoce que su hermana lo ha tenido más fácil, siempre ha tenido aficiones y amigos en los que refugiarse, además siempre ha estado muy unida a sus hijos.
En el caso anterior, el comportamiento de Julia es categorizado como “fuerte”, mientras que el de su hermano podría describirse como “débil”. Como puede apreciarse, ambos calificativos son metafóricos, describen la conducta de ambos a través de una analogía y son formas de hablar. Por tanto, aunque resulte realmente útil hablar en esos términos en ciertos contextos (e incluso necesario, dado que la realidad puede ser muy compleja y normalmente disponemos de poco tiempo), no podemos caer en la trampa de explicar la superación o no del duelo con base en una etiqueta o rasgo sin entidad propia, es decir, una forma de errar. Decimos que Julia es fuerte porque está superando el duelo con facilidad, pero añadir que está superando el duelo con facilidad porque es fuerte sería una perogrullada. En la misma línea, también sería tautológico alegar que es fuerte porque tiene “fortalezas”, no solamente porque terminaríamos diciendo que tiene fortalezas porque es fuerte, sino porque estaríamos entendiendo la conducta erróneamente. En vez de verla como lo que es, una relación que continuamente va forjándose entre la persona y su ambiente, la estaríamos conceptualizando como una entidad que se halla escondida en algún rincón inhóspito de nuestro cuerpo (generalmente en los recovecos del cerebro). Por lo tanto, si dejamos la fe a un lado, ¿cuál sería el análisis óptimo y laico del comportamiento de Julia?
Cada año se publican un gran número de artículos en revistas científicas que están a años luz de ser precisamente eso, científicos. En ellos puede apreciarse como sus autores, obnubilados por los cantos de sirena del lenguaje, vulneran conceptual y metodológicamente el estudio de los fenómenos psicológicos. Afortunadamente, hay una salida en este laberinto idiomático en el que hasta los académicos se pierden: el análisis funcional (AF). El AF es la única herramienta que permite describir y explicar el comportamiento científicamente, dado que surge de un trabajo experimental y bebe de un marco teórico concreto: el conductismo radical. Muchas son las implicaciones derivadas de esta manera de entender por qué actuamos, sentimos y pensamos de la manera en que lo hacemos (de nuevo, una gran parte de ellas serán tratadas en el siguiente post), pero sin duda lo más importante es que sus principios, el condicionamiento clásico y el condicionamiento operante, son observables y, por ende, ¡es posible contrastarlos y demostrar su existencia! Si tenemos esto en cuenta, la manera en la que expresamos dichas leyes no sería ya una forma de hablar, y ni mucho menos una forma de errar, sino una forma científica de explicar (ahora sí) lo que ocurre en la realidad.
Volviendo al ejemplo propuesto, y teniendo en cuenta lo comentado hasta ahora, el caso de Julia no se explica porque ella sea fuerte o tenga una serie de fortalezas dentro de ella. El comportamiento que vemos en Julia no emana de ningún proceso o entidad inferida a partir de su conducta (y que por tanto nunca podremos demostrar), sino que es el resultado de una historia de aprendizaje y una interacción determinada con su entorno lo que favorece la superación de la muerte de su marido. Gozar de una buena red social y familiar, además de haber desarrollado unos hábitos sólidos de ocio, hacen más probable que Julia no se quede en casa y que, en vez de alejarse de todo aquello que puede elevar su estado de ánimo, vuelva a tener una vida estimulante y reforzante. Exponerse en lugar de evitar eventos que para ella son aversivos (como hablar de lo que pasó, salir por sitios que solo salía con su marido y que ahora le entristecen…) es crucial para reducir o cambiar el valor emocional de estos. De la misma manera, un discurso racional y ajustado a la realidad, no catastrofista, hace más probable la vuelta a la normalidad. Así, tras un AF bastante descafeinado del caso de Julia, podemos ofrecer una explicación en términos científicos de lo que consideramos un comportamiento “fuerte” o una mujer con “fortalezas”.
Dicho esto, como conclusión o moraleja, hagamos un buen uso del lenguaje: despoeticemos la psicología y denunciemos los crímenes conceptuales que se comenten en su nombre. Una vez más, el problema no está en el interior, en ella misma, sino en aquellos que desde fuera la deforman con sus palabras y hacen de ella un esperpento. Expresiones como “autoestima”, “resiliencia”, “mecanismos de defensa” e incluso términos como “depresión” y “personalidad” son formas de hablar convertidas en formas de errar por la psicología cognitiva, la psicología positiva, el psicoanálisis, la psiquiatría…, en definitiva, corrientes que tienen una gran presencia tanto en las universidades como en los sistemas de salud públicos y privados. Sin duda, gran parte de los psicólogos no han sabido equilibrar la balanza entre una comunicación fluida y la rigurosidad que caracteriza a toda ciencia, lo que explica que la psicología atraviese una situación insostenible y de discurso delirante que deba ser cambiada, en este caso radicalmente. Y, como era de esperar, ¿Quién mejor que el conductismo para hacerlo?
Víctor Estal
Alumno Promoción 2015-2017










