En respuesta a la pregunta acerca de por qué funcionan los tratamientos psicológicos o qué los hace mejores, más eficaces, etc., muchos psicólogos, en especial los clínicos, plantean distintas perspectivas y reflexiones. En este sentido podríamos hablar sobre los distintos modelos que imperan en terapia y conocer cada una de sus versiones (modelos de trabajo), pero dicho fin sobrepasaría el propósito de este artículo. Sin embargo, queremos detenernos en un aspecto que, desde la Terapia de Conducta, nos parece primordial de cara a una mejor y más eficaz intervención psicológica: la directividad o guiado del terapeuta.
Cuando una persona viene a consulta, lo hace para resolver un problema o, para ser más exactos, un problema psicológico. La razón de que decida hacerlo se debe a que, por sí misma, esa persona no sabe solucionar aquello que le pasa y le crea malestar (razón por la que acude a un profesional). Y esto no es algo que nos deba extrañar, ya que las personas “no nacemos sabiendo”. Por ello, la labor del psicólogo, como experto en comportamiento, es la de indagar y recabar una serie de datos (fase se evaluación)) que permita explicar el origen y mantenimiento de dicho problema (fase de explicación); para, posteriormente, poder modificar el comportamiento que resulta desadaptativo, siempre en función de la demanda y los objetivos del cliente (fase de tratamiento).
Es aquí donde el guiado/directividad resulta imprescindible, ya que el terapeuta debe, durante la fase de evaluación, conocer la historia personal de su cliente, la cual es única y distinta del resto de personas, con el fin de discernir qué información es necesaria obtener, y cuál la más relevante, para una correcta comprensión y análisis del problema. Si no existiera un adecuado guiado por parte del profesional, muy posiblemente, estaríamos alargando innecesariamente esta parte de la terapia (y con ello el malestar de la persona).
Pero existe otro aspecto, en relación a la fase de evaluación, que podría suponer un problema mayor: el hecho de guiar/dirigir de manera inapropiada al cliente. Esto puede conllevar no sólo el hecho de indagar aspectos del pasado que no nos sean relevantes de cara al cambio; sino que, lo que sería peor, podríamos estar interpretando hechos pasados que sin tener ninguna función en el presente, pudieran llegar a adquirirla; lo que sería algo así como decir que “estamos viendo cosas donde no las hay” (y esto no sólo supondría alargar el problema innecesariamente, sino empeorarlo).
¿Qué herramienta se utiliza desde la Terapia de Conducta para evitar esto?
La respuesta es el Análisis Funcional (A.F): Con la información obtenida, de manera dirigida, los psicólogos de conducta formulamos hipótesis que sugieran por qué el individuo se comporta como lo hace (qué procesos de aprendizaje son los que median) y cómo se podría modificar (fase de explicación del A.F); y con ello diseñamos el programa de intervención, en el que, de nuevo, guiaremos a la persona dando instrucciones/pautas (fase de tratamiento). Nos basamos en un conocimiento técnico, científico y avalado; y no en interpretaciones. Se podría decir que el Análisis Funcional es algo así como la piedra triangular sobre la que se asienta la intervención en terapia.
A este respecto acerca del guiado/directividad por parte del terapeuta, existen otros modelos que señalan que “no debe existir un conocimiento impuesto desde una figura jerárquica que sabe del paciente más que él mismo”. No olvidemos lo que señalamos al principio del artículo: las personas no nacen sabiendo, y ante ciertos problemas acuden a un profesional (un experto en el tema).
Si el problema es de tipo psicológico, acudirán a un terapeuta (y no a un mecánico). En este sentido, y en referencia a la cita señalada en cursiva, de lo que sí podemos estar seguros, y de hecho debemos asegurarnos, es que ese terapeuta al que acudimos como profesional, debe tener un amplio y adecuado conocimiento de su profesión: el comportamiento humano (si no, sería como acudir a un mecánico para un problema psicológico).
Es por ello que un psicólogo no es alguien que sepa más que su “cliente” en el sentido amplio de la palabra, pero sí debe ser experto y saber aquella información que sea más relevante de cara poder ofrecer ayuda. Y en ello se basa el guiado/directividad del terapeuta: aplicar nuestro conocimiento técnico para asesorar a la persona respecto de su demanda.
Imaginemos un modelo de terapia, donde el profesional se dedicase a esperar que fuéramos nosotros mismo los que diéramos con la solución de nuestro problema (incluso cuando él mismo ya lo sabe). Sería algo así como ir al taller a que arreglaran nuestro coche y el mecánico nos dijera que discurriéramos por cuenta propia, sin un guiado ni directriz, sobre si la causa del problema de que no arranque sea debido al alternador, la batería, las bobinas, el solenoide, etc.
¿Acaso no acudimos a un experto para que nos aclare precisamente esto sin que nosotros tengamos que saberlo en un principio?
No sólo estaríamos alargando innecesariamente (en tiempo y dinero) la terapia a la espera de lo que otros modelos llaman un “insight”; sino que estaríamos alargando también, como ya se ha dicho anteriormente, el malestar de la persona (o incluso fomentando que éste llegue a aumentar).
Por otro lado, el cometido de un psicólogo no es el de imponer nada. No hay que confundir el ser directivos con el hecho de llegar a ser mandones. Recordemos, además, que el fin de la terapia es poder alcanzar aquellos objetivos que la persona que acude a sesión desea conseguir.
Otro aspecto que se desea señalar en relación a lo adecuado de guiar/dirigir el proceso terapéutico, es que no sólo podemos aclarar y explicar el origen del problema, así como los elementos que, a día de hoy, contribuyen a que éste se mantenga (lo que resulta de lo más tranquilizador y de alivio para la otra persona); sino que podemos instruir/dar herramientas, con el fin de que la persona adquiera un conocimiento/habilidad donde antes era inexistente o bien ésta estaba poco desarrollada.
En este sentido, de nuevo, tendremos un papel directivo, ya que el uso de una determinada pauta/estrategia debe tener un orden lógico en cuanto a qué objetivos persigue y cuál es el cometido de los mismos.
Rodolfo Ciudad Real Marlasca
Alumno Promoción 2016-2018









